21.7.06

Bono y los aviones asesinos de la CIA

Rafa Cid

DIAGONAL, Nº 33 22 de junio a 5 de julio de 2006

Varios de los 69 vuelos de la CIA que utilizaron el Estado español para sus escalas sucedieron ya con el Gobierno del PSOE. Según la investigación de instancias europeas, fueron diez los aeropuertos implicados.

Aquel dantesco raid de la tortura compartida, mediante el cual la Junta argentina de los coroneles se deshacía de sus víctimas usando los servicios patibularios de gobiernos amigos (como el español de entonces, que contribuyó a la barbarie de su “fiambre” de la madrileña calle Tutor) no fue el no va más de la brutalidad. Cuarenta años más tarde y con el siglo doblado hacia el tercer milenio, el horror del impune terrorismo de Estado(s), en pluralidad de complicidad, vuelve por sus fueros. A la Operación Cóndor de aquellos canallas con galones le ha tomado el relevo esta nueva “Operación Condoleezza”, seguramente perpetrada por la Secretaria de Estado de Estados Unidos con las “nazi-excusa” de luchar contra el terrorismo islamista. Operación imposible sin la secreta ayuda de algunos países europeos que han prestado su territorio para hacer desaparecer a cerca de un millar de “subversivos” que decía Videla, aquel prototipo en caqui de George Bush, y sus escuadrones de la muerte.

Pero como en la primitiva Operación Cóndor, en esta de ahora también España ha puesto su granito de mierda. Ya sabemos lo que se escondía en la súbita salida de José Bono del Ministerio de Defensa, y por qué el político que más gustaba del poder y de sus palmeros regresó a sus cigarrales toledanos a criar bonsáis. El escándalo de los aviones-Cheka de la CIA, utilizando el espacio aéreo nacional (y muy posiblemente las bases de utilización conjunta) para un nuevo archipiélago gulag capitalista, estaba a punto de estallar. Bono, todo parece indicarlo así, debió prometerle al Tío Sam que la salida de las tropas de Iraq sería compensada con una política de ojos cerrados en la presunta lucha antiterrorista en Iraq y Afganistán.

Lo que ya no sabemos es si se trató de una iniciativa personal del sobrado ministro (que deseó para los etarras la misma suerte en la cárcel que sufrieron los líderes de la Baader-Meinhof en Alemania) para contentar al bunker (luego hemos sabido que el jefe de las tropas españolas en Iraq al principio se negó a la retirada y se fue de rositas) o cumplía órdenes del presidente Rodríguez Zapatero. De ser esto último, el asunto tendría una dimensión colosal. Y algo en esta dirección podría haber. De lo contrario no se entendería por qué la fuga de Bono (¿dimisión? ¿cese?) no llevó aparejada la del director del CNI, Alberto Saiz, su hombre de confianza. Saiz acaba de ser acusado por la Eurocámara de haber boicoteado los trabajos de la comisión para esclarecer los “vuelos de la muerte”.

¿Era Saiz el guardaespaldas del jefe Bono en el tenebroso asunto y el Gobierno no le precipitó con él para no dejar en cueros los servicios secretos en pleno proceso de diálogo con ETA? Parece una pregunta pertinente. Ciento veinticinco vuelos de la CIA entre 2002 y 2005 con personas secuestradas en la Unión Europea (¿pero no decían que la Constitución Europea era la hostia de progresista y civilizada?) para hacerlas “desaparecer” en cárceles y centros de tortura clandestinos merecen que a alguien le cueste el cargo.

¿Le fulminará Zapatero o zapeará el presidente del Gobierno sabiendo que los de la foto de las Azores no hablarán por conformidad con el tétrico patibulario volante? ¿Tienen estas acciones de guerra sucia alguna relación con el hecho de que las únicas bajas españolas en Iraq fueran miembros del Centro Nacional de Inteligencia? El tiempo dirá, si la sociedad civil lo exige. De momento sólo sabemos que pequeñas renuncias humanas como estas colmaron el vaso que trajeron el holocausto y el gulag.