7.9.06

La competencia no es una ley sino un mito

Jacques Sapir

Director del programa en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, autor (entre otros títulos) de Les Economistes contre la démocratie, Albin Michel, París, 2002 (traducción castellano: Ediciones B, 2004) y de La fin de l’euro-libéralisme, Seuil, París, 2006.

LMD, edición española Julio 2006 p. 3

El debate político se ve a menudo contaminado por supuestas “evidencias” económicas, utilizadas como argumentos de autoridad. Logran excluir del campo de la discusión ciertos temas, como el proteccionismo, el papel positivo de las empresas públicas, la intervención del Estado, etc. Esas “evidencias” pretenden imponerse por encima de las diferencias políticas, en nombre de su carácter “objetivo”.

Si las “evidencias” económicas tuvieran fundamentos científicos, sería imposible cuestionarlas. A nadie se le ocurriría proponer una votación sobre las leyes naturales. Pero si esos fundamentos se revelaran dudosos, entonces el papel que han adquirido en el debate debe calificarse no sólo de fraude, sino también de usurpación antidemocrática, ya que fueron establecidos por una minoría (los “expertos”), por otra parte políticamente irresponsable. Para ser considerado científico, el estudio de la economía debe ser sometido a reglas de verificación, y estructurado por prácticas de argumentación (1). Pero el pensamiento económico neoliberal se exime a sí mismo de esas obligaciones (2).

La principal pseudo-evidencia lo que pone de relieve, es el papel fundamental de la competencia (3), para justificar la primacía del libre cambio en macroeconomía y de la flexibilidad en microeconomía. Por eso los neoliberales insistieron en introducir la competencia como principio fundamental del Tratado Constitucional Europeo. Se trata de uno de los debates más antiguos del pensamiento económico moderno. En efecto, la cuestión no consiste en saber si (en ciertas circunstancias y para alcanzar resultados particulares) la competencia podría permitir la coordinación de las acciones de unos y otros. Así presentado, el problema parece real. En cambio, para los liberales el papel de la competencia constituye un dogma, y por lo tanto adquiere un carácter absoluto que trasciende las condiciones concretas de su aplicación.

Hallamos el origen de ese dogma en las obras de los fundadores de la economía clásica del siglo XVIII: DAVID HUME, BERNARD MANDEVILLE Y ADAM SMITH. Los tres pretendieron demostrar que la competencia entre las actividades individuales, movidas por los objetivos más egoístas, culminaba espontáneamente en un resultado positivo para la colectividad. Tal es el sentido de la primera teoría general del libre cambio elaborada por HUME, de la Fábula de las abejas de MANDEVILLE y de la famosa “mano invisible” de ADAM SMITH.

Sin embargo, los argumentos de esos tres autores no resisten el análisis. La teoría del equilibrio automático del comercio internacional de HUME, retomada prácticamente al pie de la letra por los apologistas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), se basa en hipótesis irreales, fundamentalmente, la de una información inmediata y perfecta de los actores económicos, la de ajustes instantáneos y sin coste entre la oferta y la demanda y también en el seno de ambas. En realidad, habría que suponer que los bienes y servicios son totalmente reemplazables entre sí, tanto desde el punto de vista de la demanda como de la oferta. La tesis de MANDEVILLE, según la cual los vicios privados (egoísmo, ambición) se transforma a menudo y de manera involuntaria en “virtudes colectivas” (como la abeja que contribuye a la construcción del panal sin saberlo y sin decidirlo) es una pura elaboración literaria. En cuanto a ADAM SMITH, nunca demostró el mecanismo de la “mano invisible” (el mercado armonizaría espontáneamente la producción y el consumo, mejor que cualquier sistema preconcebido), pues ese mecanismo es en realidad, como puso en evidencia el historiador JEAN-CLAUDE PERROT, una aporía religiosa en un intento de construcción de un discurso científico (4).

Al formular “leyes” cuasi naturales, esos tres autores perseguían en realidad objetivos políticos. HUME deseaba mostrar que el libre cambio, en la medida en que satisfacía a todos, hacía inútiles los conflictos entre Estados (5). Para MANDEVILLE y para SMITH, la organización espontánea que generaba la competencia permitiría prescindir de los déspotas ilustrados y de sus arbitrariedades. No podemos sino simpatizar con el pacifismo de HUME, al igual que con el rechazo del despotismo por parte de MANDEVILLE y de SMITH, pero no hay que confundir la instrumentación bienintencionada de un discurso pseudo-científico con una verdadera demostración.

Hacia finales del siglo XIX y durante el siglo XX, la teoría de la competencia se diversificó, y aparecieron tres escuelas. La primera, que aún ejerce una enorme influencia, considera (a partir de LEÓN WALRAS, 1834-1910) que ese mecanismo lleva a un equilibrio entre la demanda de unos y la capacidad de otros para responder a ella. WILFREDO PARETO (1848-1923) añadió que tal equilibrio económico era también, por naturaleza, un equilibrio social. Por lo tanto, no había más que una sola y única respuesta a los diversos problemas de la economía real, y la competencia sería óptima, tanto en el plano económico como social, lo cual clausuraba todo debate (6).

Frente a los diversos problemas que planteaba la teoría walraso-paretista se desarrolló una segunda corriente de pensamiento: la llamada corriente “austriaca”, en el seno de la cual hallamos autores como LUDWIG VON MISES y FRIEDERICH VON HAYEK. Para ellos, la competencia no es un mecanismo espontáneo, sino un proceso neodarwinista de eliminación de las soluciones menos eficaces.

Finalmente, una tercera escuela sostiene que la competencia es ante todo una dinámica de innovación que precipita la destrucción de las soluciones antiguas mediante la emergencia de otras nuevas, más adaptadas. En este caso, ya no se hace referencia a ningún equilibrio: la competencia es simplemente el instrumento de una revolución permanente de las actividades, es lo que se llama la “destrucción creadora”. JOSEPH SCHUMPETER (1883-1950), el autor que más contribuyó a esa teoría, ostenta las mismas ambiciones que los discursos de los pensadores del siglo XVIII. Se trata de despolitizar la economía, de pretender reemplazar por “leyes” inmanentes la acción consciente y concertada de los individuos (7).

Estas tres escuelas proponen marcos incompatibles e irreconciliables. En efecto, si se admiten las hipótesis del modelo walraso-paretista elaborado por KENNETH ARROW y GÉRERAD DEBREU (dos de los fundadores de la forma moderna de la escuela neoclásica en las décadas de 1940 y 1950) entonces no se puede aceptar ni la teoría “austriaca”, ni la teoría schumpeteriana de la competencia. Y viceversa: situarse en el marco de las hipótesis de HAYEK impide cualquier referencia a la teoría del equilibrio. Lejos de acumularse, esas tres teorías se anulan mutuamente.

Las hipótesis de partida constituyen otro rompecabezas. La de una información completa y perfecta por parte de los agentes económicos, necesaria a la teoría del equilibrio general, resulta absurda, salvo que se les considere como omniscientes. Sin embargo, se trata de una hipótesis central. Basta introducir imperfecciones y asimetrías en la información que reciben los agentes, para que los mercados dejen de ser eficientes, la competencia se torne desestabilizadora y la intervención pública directa, necesaria. Hace mucho tiempo que los teóricos saben eso (8).

Otras hipótesis necesarias a una u otra de esas teorías resultan dudosas. El modelo de ARROW y DEBREU supone que la jerarquía de las preferencias de las personas sea independiente del contexto y de las situaciones personales. Así, si preferimos el bien A al bien B y el bien B al bien C, será así en cualquier circunstancia, y ante idéntica opción la elección no variará nunca. El proceso de elección imaginado por HAYEK implica que esas preferencias se mantienen idénticas a lo largo del tiempo. En efecto, para que exista selección es necesario que nuestras experiencias sean totalmente comparables y por lo tanto que no cambiemos nuestra preferencia entre dos experiencias. Es necesario también que todas las experiencias, antiguas o recientes, nos dejen idénticos recuerdos. En términos matemáticos se puede considerar que reaccionaremos al promedio de nuestras experiencias pasadas y no a un pico en particular.

Por su parte, el modelo schumpteriano exige que los impactos provocados por la innovación tampoco influyan en la estructura de nuestras preferencias. Daríamos prioridad a la ganancia sobre la seguridad, o a la inversa. Nuestra relación entre los grados de satisfacción no varía, y ello aun cuando las gamas posibles de los servicios prestados por bienes innovadores son muy diferentes de las de los bienes antiguos.

Todas estas hipótesis relativas al comportamiento de los individuos han sido puestas a prueba desde la década de 1970 (9). Y todas han sido invalidadas en las pruebas repetibles y realizadas bajo protocolos, es decir, en las condiciones que caracterizan a la experimentación científica. Así, nuestra preferencia ante dos tratamientos médicos se modifica completamente según que sus resultados se expresen en esperanza de sobrevivir tras una operación o, al contrario, en riesgo de morir. De igual manera, el precio que estamos dispuestos a pagar por un bien no es el mismo que exigiríamos para deshacernos de él. Nuestras preferencias por la ganancia, o al contrario, por la seguridad, cambian brutalmente. Frente a juegos de lotería idénticos, pero cuyos resultados se expresan a veces en dinero y a veces en mercancía, los experimentadores cambian regularmente de estrategia, mientras que se supone que deben reaccionar de manera estable. Por último, durante un examen médico, olvidamos más rápidamente un dolor agudo pero muy breve, que un dolor moderado pero que persiste a lo largo de dicho examen. Esos resultados destruyen las hipótesis del modelo neoclásico (estabilidad de preferencias y de estrategias) y también las del modelo hayekiano y schumpteriano.

En realidad, nuestras preferencias están determinadas por el contexto de la opción (el framing effect) o por nuestra riqueza material (el endowment effect). Nuestro sistema cognoscitivo reacciona más a los picos que a las evoluciones progresivas, y la introducción de elementos nuevos genera permanentemente una reconfiguración de nuestros modelos de opción.

La invalidación masiva e irrefutable del modelo de un “agente individual” cuyas reacciones serían previsibles independientemente del contexto y de su situación (hipótesis que se haya en la base de esas teorías) es sin duda uno de los avances más importantes de los últimos treinta años en el terreno de las ciencias sociales. Hay que reconocer que la mayoría de los economistas se alinearon en una estrategia de negación de esos resultados, que desestabilizan radicalmente sus modelos. Pero con tal conducta muestran que dejaron de ser científicos (10). El papel fundamental de la competencia en la organización de las actividades económicas aparece así no como una hipótesis, sino como una creencia de tipo religioso.

Así es como en ese comienzo del siglo XXI volvemos a la situación de finales del siglo XVIII. Un proyecto científico legítimo (el estudio de la manera en que las sociedades humanas producen, intercambian y consumen) ha sido desviado con fines puramente ideológicos. Agreguemos en este punto, a la luz de los diversos escándalos en que han estado mezclados los “expertos” durante las privatizaciones en Rusia (11), o de los casos ENRON, WORLDCOM, PARMALAT, etc. (12), que esos fines parecen mucho menos nobles que los que perseguían HUME, MANDEVILLE o SMITH…

Al prostituir de esa manera su disciplina, ya sea por los oropeles del poder o por el oro a secas, ciertos economistas cometen una doble felonía moral. En primer término, contra la democracia, al intentar presentar un mito de consecuencias sociales desastrosas como una verdad científica, como una “evidencia” indiscutible. Y en segundo término, contra la idea misma de la investigación científica, al desacreditar ante los ojos de muchas personas la legitimidad de un verdadero estudio científico de la economía.

(1) BRUCE J. CALDWELL, “Economic methodology: rationale, foundations, Prospects”, en Uskali Mäki, Bo Gustafsson y Christian Knudsen, Rationality, Institutions & Economic Methodology, Routiedge, Londres y Nueva York, 1993.

(2) Ver DANIEL M. HAUSMAN, The Inexact and Separate Science of Economics, Cambrige University Press, Cambridge (Reino Unido), 1994, en particular el capítulo 13, “On dogmatism in ectoproctes: the case of preference reversals”.

(3) Ver FRÉDERIC LORDON “Un momento para la verdad”, LMD, edición española, mayo de 2005.

(4) Jean-Claude Perrot, Une histoire intellectuelle de l’économie politique, Editions del EHESS, Paris, 1992, pp 141-142.

(5) David Hume, Discursos políticos. Ver el análisis de Jean Claude Perrot del diálogo Hume-Turgot en Une histoire intellectuelle--- op. Cit. Pp. 237-255.

(6) Ver Les Trous noirs de la science économique, Albin Michel, París, 2000.

(7) Ver Jacques Généreux, Les Vrais Lois de l’économie, Seuil, Paris, 2002.

(8) Ver Stanford J. Grossman y Joseph Stiglitz, “On the imposibility of informationally efficient markets”, en American Economic Review, Pittsburg, vol. 44, nº 2 /1980, pp. 451-463.

(9) Daniel Kahneman, “New challenges to the rationality assumption” y Amos Tversky, Rational Theory and Constructive Choice”, en Kenneth J. Arrow, Enrico Colombatto, Mark Perlman y Christian Schmidt (bajo la dirección de), The Rational Foundations of Economic Behaviour, Saint Martin’ s Press, Nueva York, 1996.

(10) Daniel M. Asuman, The Inexact and Separate Science of Economics, op. Cit., cap. 13. Ver también Hazel Henderson, “La impostura”, Le Monde Diplomatique edición española, febrero de 2005.

(11) Ver Nina Bachkatov, “El Kremlin contra los oligarcas”, Le Monde Diplomatique, edición española diciembre de 2003.

(12) Ver Thomas Frank, “Las mil y una estafas de ENRON”, Le Monde Diplomatique, edición española febrero de 2002.